Ensayo Ana Frank

Ensayo Diario de Ana Frank


Los Años de Adolescencia de Ana Frank


A Manera de Introducción:

Antes de comenzar el análisis que se nos ha pedido: “La adolescencia de Ana Frank desde el punto de vista psicológico”, debemos hacer un breve repaso sobre esta joven judía-alemana, nacida en la ciudad de Frankfurt del Meno, el 12 de junio de 1929. Murió el 12 de marzo de 1945, pocos días antes de que el campo de concentración de Bergen-Belsen, fuera liberado por las tropas vencedoras en la Segunda Guerra Mundial.

En otras palabras, murió exactamente en uno de los sitios que trató de evitar y a una edad temprana, cuando ninguna persona desea morir. Mientras los nazis ocuparon Holanda, y en específico la ciudad de Amsterdam, Ana Frank intentó, por todos los medios posibles, de no ser capturada, ni a sus padres tampoco… y lo consiguió durante un período significativo hasta que fue hallada y trasladada inevitablemente al campo de Bergen-Belsen en los tristemente famosos trenes que recorrían los rieles extendidos por toda Europa, en vagones en los que antes servían para el ganado, trasladando a los judíos, gitanos y otras razas consideradas “inferiores” (Untermeschen) según las teorías de selección natural concebidas y albergadas por los nazis.

Para comprender lo sucedido con esta familia, la terrible y lúgubre suerte de Ana y sus familiares más cercanos, es importante retroceder en el tiempo, en la historia, hasta llegar al año 1942, en enero para ser más precisos, y ubicarnos en la mansión llamada Wannsee, ubicada en el sitio de recreo acuático que pertenece al distrito del mismo nombre. En otras palabras, era el punto de recreo y baño de la parte occidental de Berlín. Son dos lagos enlazados por el río Havel y separados únicamente por el puente Wannsee. Este distrito es famoso por sus numerosas mansiones, casas de campo y chalés de vacaciones, levantadas año tras año por poderosos berlineses, con el propósito de retirarse los fines de semana de sus oficinas y del tráfico de la Capital alemana.

Propiamente, en enero de 1942, un grupo de oficiales superiores nazis, siguiendo la orden de Adolf Hitler y puesta en ejecución mediante una carta del Mariscal del Reich, Hermann Goering, se reunieron en la mansión de la Villa Marlier –hoy convertida en museo-, para delinear las políticas con respecto al “problema judío” en Europa y su posible “solución final”, un término eufemístico para llamar a la liquidación en masa de esa raza.

Anteriormente habían fracasado los intentos de enviar a los judíos nacidos o llegados a Europa, a su asentamiento actual en Palestina, porque los colonizadores ingleses, temerosos de perder esas tierras, dijeron un rotundo “no” a las pretensiones de los nazis. También trataron de enviarlos a la isla de Madagascar, al sur-este de Africa, pero, nuevamente los británicos se negaron a ceder ese extenso territorio insular para que albergaran a los hebreos. Entonces, no les quedó más remedio a los nazis que planear fríamente la persecución, hallazgo, deportación y el asesinato masivo de ese pueblo, en lo que se conoce entre los israelíes con el nombre de “Shoa”, popularmente difundido como “Holocausto” u ofrecimiento a Dios de los millones de aniquilados. Un hecho conocido mundialmente como Endlösung der Judenfrage (el aniquilamiento de la raza judía).

Después de los acuerdos firmados por los jerarcas nazis en la mansión de Wannsee, obligados también por el desastre de las tropas alemanas en la Unión Soviética, los trenes con carros ganaderos comenzaron a deslizarse hacia los diferentes campos de exterminio ubicados en Polonia, la mayoría de ellos; en Alemania y en otros lugares de menor importancia política.

A Ana Frank, hija de Otto Frank, le correspondió, traicionada por el destino en su contra, viajar hasta el campo de Bergen-Belsen, donde su comandante Josef Kramer (conocido con el apodo de la bestia de Belsen), decidía como el dios tuerto Wotan de la mitología alemana, sobre la vida y la muerte de los prisioneros. Sin embargo, la joven judía no murió asfixiada por el gas Ziklón B esparcido en las cámaras de la muerte, sino por la fiebre tifoidea, que hizo estragos en un cuerpecito debilitado por la ausencia de una alimentación digna y por el contagio entre los mismos cautivos. Como hemos dicho anteriormente, el campo fue liberado pocos días después de su fallecimiento: definitivamente la suerte no estuvo de su lado, como ella hubiera querido fervientemente y por la que luchó desde su escondite en la casa de Amsterdam.

Adolf Eichmann

Este oficial alemán, nacido en la ciudad de Solingen y muerto en Jerusalem, después del juicio efectuado en su contra, fue quien se encargó de poner en práctica los acuerdos de la mansión de Wannsee. En otras palabras, “ningún tren, ninguna cámara de gas, ningún horno crematorio, se movía si él no había dado previamente la orden.” Supervisaba personalmente los campos de concentración y como otro dios mitológico, decidía sobre la vida y la muerte de millones de judíos, gitanos y demás “razas infrahumanas.”

De regreso a Berlín lo hacía en el tren oficial, completamente ebrio con vino tinto, para soportar las escenas dantescas de los campos y tratar de olvidarlas lo más pronto posible. Sin embargo, viven siempre conmigo en mi memoria y en mi consciencia.” Dijo este hombre durante su declaración en el proceso que se le siguió en Israel en 1947.

Su abogado siempre antepuso la tesis de que Eichmann actuó de esa manera “en el caso de la solución final”, porque recibía órdenes… Pero la gran sorpresa para los psicoanalistas judíos que lo estudiaron profundamente durante el juicio, señaló que Eichmann no era siquiera un nazi, nunca se convenció de la doctrina de Hitler y los suyos, simplemente era un burócrata como cualquier otro, “el burócrata de la muerte”, como se le ha llamado a lo largo de la historia con toda precisión y llegaron a la determinación de que Adolf Eichmann “hubiera ejecutado cualquier trabajo detrás de un escritorio, con la misma mística y entrega que al enviar a los judíos a las cámaras de gas.” Para él “la solución al problema judío” tenía el mismo significado que las labores de un alto ejecutivo de Manhattan o de la City londinense.

El método para encontrar a los enemigos del Reich, como también eran llamados los judíos y demás razas no arias, variaba dependiendo de las órdenes giradas; sin embargo, “la punta de lanza” de estas tareas macabras, era la temida policía secreta alemana, conocida como Gestapo, que ubicaba, delataba, entregaba y archivaba a esos individuos y las tropas regulares de la SS, el ejército paralelo a las fuerzas armadas tradicionales, bajo el mando de Heinrich Himmler (el pequeño-gran inquisidor), detenían y transportaban a estas “sub-razas” hasta los andenes de las estaciones de los ferrocarriles, y de ahí, hasta los campos de exterminio. Ana Frank fue una más de esas víctimas…

Una chica atemorizada y en constante vilo

Ni más ni más… eso era Ana Frank. Los nazis le quitaron sus fantasías de adolescente, aún matizadas con los juegos de la cercana infancia que estaba por dejar definitivamente. Abrir los ojos con el amanecer de cada día, era comenzar de nuevo el suplicio que se iba acumulando fecha a fecha. Era una tortura vivir, sabiendo que la Gestapo andaba cerca y en cualquier momento podía ser localizada como había ocurrido de igual forma con sus amigos del vecindario, con seres entrañables y otros conocidos.

El Diario, publicado por su padre al finalizar la guerra, fue un regalo en uno de sus cumpleaños y se convirtió en “el mejor regalo que me dieran en mi vida”, según manifestó la misma joven. En estos escritos particulares y secretos, Ana describe acertada y verídicamente lo que ocurrió en Europa con la llegada del nazismo al continente y que fue causa de temor en su raza. Leamos textualmente al respecto, de la fecha “lunes 15 de junio de 1942:

“Cuando se casaron mis padres, papá tenía 36 años y mamá 25. Mi hermana Margot nació en Frankfurt del Meno en 1926. Yo nací el 12 de junio de 1929. Por ser judíos debimos emigrar a Holanda en 1933, país en que mi padre asumió el cargo de director de Travis, S.A. Esta colabora estrechamente con la firma Kolen& Co., cuyas oficinas están en el mismo edificio.

“Nuestra vida transcurrió llena de sobresaltos, pues nuestros parientes que no salieron de Alemania cayeron bajo el peso de la persecución desencadenada por las leyes de Hitler. Tras el progrom de 1938, los dos hermanos de mamá huyeron a América. Nuestra abuela se refugió con nosotros. Entonces tenía 73 años. Después de 1940 terminaron los buenos tiempos. Primero vino la guerra, luego la rendición, enseguida la entrada de los alemanes a Holanda. Y así comenzó la miseria.

“Un decreto dictatorial siguió a otro y los judíos se vieron especialmente afectados. Tuvieron que llevar una estrella amarilla en su vestimenta, entregar sus bicicletas y ya no podían viajar en tranvía, para no hablar de automóviles. Los judíos sólo podían hacer compras entre 3 y 5 de la tarde, y sólo en tiendas judías. No podían salir a la calle después de las ocho de la tarde y tampoco salir a sus balcones o jardines después de esa hora. Los judíos tenían vedados los teatros y los cines, así como cualquier otro lugar de entretenimiento público. No podían ya nadar en las albercas públicas o practicar el tenis o el hockey.”

Después de leer los párrafos anteriores, notamos a una muchacha profundamente deprimida por los acontecimientos sufridos; dejar su casa, sus amigos, las prohibiciones de circulación por las calles, las horas “apretadas” en las que podían transitar los judíos, la confiscación de sus bicicletas incluso, el traslado a Holanda y un sinfín de situaciones la hicieron taciturna y ensimismada, meditando hasta los más insignificantes movimientos. Habían pasado, ella y sus congéneres, a ser poco menos que la escoria de la humanidad. Y ello era motivo para sentirse fuertemente degradados y humillados, en una fatídica combinación con el temor a perder la vida.

Leamos nuevamente un párrafo de su diario, fechado sábado 20 de junio de 1942. En él notamos su estado anímico con toda claridad:

“ (…)pensaba a menudo, cuando apoyaba melancólicamente la cabeza en mis manos ciertos días en que no sabía qué hacer. Primero deseaba quedarme en casa, enseguida salir a la calle, y casi siempre seguía sentada donde mismo empollando mis tribulaciones.”

Es evidente y convincente la palabra “melancolía” que refleja un estado de neurosis, causado por un entorno de frustración, tristeza y, sobre todo, de persecución. La indecisión se apoderaba de ella en muchas ocasiones y la vemos cuando dice en el último renglón que deseaba quedarse en la casa o salir a la calle y señala: “No sabía qué hacer.” Y se queja así en las siguientes líneas en la misma fecha:

“(…)¡en realidad no tengo amigas! Quiero explicar esto en más detalle, pues nadie comprende que una muchacha de sólo trece años se sienta tan sola.”

Y la soledad se fue convirtiendo en Ana Frank en “ley motiv”, el motivo de cada día, en su extraña y deprimente forma de enfrentar la vida, acosada por la situación militar que se estaba dando en las afueras, en las calles de la ciudad, donde el racismo era predominante, junto a las posibilidades de perder la vida de manera irremediable. Soledad, terror, angustia, casi una paranoia traducida en escape, huida constante y en ello, el Diario fue su paliativo, su “amigo” inesperado e inseparable a quien contarle sus penalidades; fue su enlace con el mundo exterior y que luego sería el eco de sus estados interiores, de sus “climas” emocionales con sus estadíos y sus cambios bruscos.

A lo anterior hay que abonarle la desintegración familiar: sus parientes tuvieron que emigrar de Alemania hacia los Estados Unidos algunos y otros a diversos puntos de Europa; los menos afortunados cayeron en manos del nazismo antes de subirse al barco que zarpaba hacia la libertad. Esa triste realidad también se agolpaba en el alma de la chica y desembocaba en su depresión.

La aprehensión causada por los sentimientos terroríficos vividos a cada instante, se concentraba en sus sentidos. Leamos de su mismo Diario, con fecha miércoles 8 de julio de 1942, una muestra de lo que afirmamos:

“En nuestro dormitorio, Margot me confesó que la citación no era para papá, sino para ella misma. Asustada de nuevo, empecé a llorar. Margot tiene dieciséis años. ¡Quieren, pues, separar de sus familias y llevarse a muchachas de su edad! Afortunadamente, como mamá ha dicho, no irá. Papá, al hablarme de la clandestinidad, sin duda hacía alusión a esta eventualidad. Ocultarse… ¿Adónde iríamos a ocultarnos? ¿En la ciudad, en el campo, en una casa, en una choza, cuándo, cómo, dónde?… Yo no podía formular estas preguntas que se me iban acudiendo una tras otra.”

Al leer lo anterior, notamos que dos palabras eran los ejes de su existencia por aquellas épocas y de sus sensaciones más profundas… esos vocablos eran “ocultarse” y “deportación”. “Ocultarse” lo mejor posible en el campo, en una casa, en un desván… lejos de los nazis. “Deportación” ¿Hacia adonde? Por aquellas fechas, y viviendo en Holanda, muy lejos de la ensangrentada Polonia, no se tenía claro lo que eran los campos de concentración. Pero las tropas de uniforme negro de las SS, con la calavera distintiva en los quepis, infundían un miedo irracional en todos los judíos, que les hacían pensar que en tierras lejanas o cercanas estaban “las puertas del infierno” para ellos.

Una de las preguntas más interesantes que pueden surgir introspectivamente en la vida, en la familia de Ana Frank, es: ¿Cómo era la interacción diaria entre los miembros de esa familia, en específico con la joven adolescente? Para conocer con certeza la respuesta, leamos lo que la propia Ana escribió en su diario, con fecha 28 de septiembre de 1942:

“Querida Kitty:

“Ayer no alcancé a relatarte otra pelea más, a la que también quería referirme. Pero, antes otra cosa: Me parece extraño que las personas mayores regañen tan fácilmente  por cualquier minucia; hasta ahora he creído que eso de pelearse era cosa de niños, y que con el tiempo se dejaba de hacer. Puede producirse una verdadera «disputa», por una razón seria, pero las palabras ofensivas proferidas constantemente aquí no tienen ninguna razón de ser y están ahora a la orden del día; a la larga tendría que habituarme a ello. Ahora bien, no creo que eso ocurra, y no me acostumbraré nunca mientras esas «discusiones» (utilizan esta palabra en lugar de pelea) se produzcan por mi causa. No me reconocen ninguna cualidad, yo no tengo nada de bueno, estrictamente nada: mi apariencia, mi carácter, mis maneras son condenadas una detrás de otra, y minuciosamente criticadas, a juzgar por sus discusiones interminables. Pero hay algo a lo que nunca estuve acostumbrada: son esos gritos y esas palabras duras que estoy obligada a absorber poniendo buena cara. Es superior a mis fuerzas. Eso no puede durar. Me niego a soportar todas esas humillaciones.”

Es evidente que no todo era armonía en la casa de  los Frank y por esa razón, según se deja leer en el párrafo anterior, no se le daba a la muchacha lo que ella esperaba de sus padres, emocionalmente. Por el contrario, las disputas, las peleas constantes, a veces por minucias que no tenían importancia, terminaban hastiando a la chica que se sentía inferior a las circunstancias al no encontrar las soluciones para que esas rencillas acabaran.

Las discusiones eran entre la joven y su madre; así mismo con la señora Van Daan y ante esas terribles circusntancias en las que Ana se siente impotente de equilibrar las cosas, exclama por medio de su Diario el mismo mes de septiembre de 1942:

“Les demostraré que Ana Frank  no nació ayer; y cuando les diga, de una vez por todas, que comiencen por cuidar su propia educación antes de ocuparse de la mía, no podrán reaccionar y terminarán por callarse. ¡Qué maneras! ¡Son unos bárbaros! Cada vez que eso ocurre, quedo desconcertada ante semejante desenfado, y, sobre todo… ante semejante estupidez (la de la señora Van Daan); pero tan pronto como me recobre -y no ha de tardar-, les contestaré de la misma  manera y sin vueltas. ¡Así cambiarán de tono!”

Es notorio que se siente humillada, empequeñecida después de los polémicos encontronazos y quiere reivindicarse, sentir que es capaz de demostrar algo que los demás (sus familiares), han tratado de minimizarle o quitarle mientras se producían las riñas. También, en las líneas anteriores, se desprende que tenía un carácter fuerte al que apelaba esporádicamente porque, cotidianamente, trataba de mantener la calma. Sin embargo, estaba dispuesta a demostrar su fuerza interior, su enojo usualmente atenuado por su carácter equilibrado, para detener aquellos estados de incomprensión y violencia que gravitaban alrededor suyo. No hay que dejar de lado que estaba atravesando por una de las etapas más duras de la juventud, cual es la adolescencia, con todos sus impedimentos, sus carencias y sus frustraciones propias de la edad.

Se establece también, de acuerdo a su naturaleza, que deseaba, necesitaba e iba a procurar durante su cortísima vida, que todo lo que le rodeara marchara bien, a la perfección, que es algo propio del ser alemán, porque no se puede obviar por ningún motivo de que, además de ser judía, Ana era alemana. Le molestaba que se entrometieran en sus costumbres, en sus hábitos, en sus palabras, en su modo de ser en general y así lo manifestó en el contexto de su enojo que aparece en la siguiente cita del texto:

“Hay personas que se complacen en educar hijos ajenos, además de los propios. Los Van Daan pertenecen a esta categoría. No se ocupan de Margot: ¡ella es la cordura, la delicadeza y la inteligencia personificadas! Pero, al parecer, yo tengo defectos suficientes para las dos. Más de una vez sucede que, a la mesa, vayan y vengan palabras de censura y respuestas insolentes. Papá y mamá me defienden con energía; sin ellos, yo ya habría desistido. Aunque mis padres no cesan de reprocharme mi charla excesiva, recomendándome que no me entrometa en nada y sea más modesta, fracaso con frecuencia. Y si papá no se mostrara tan paciente conmigo, hace tiempo que habría abandonado toda esperanza de satisfacer a mis padres, cuyas exigencias, sin embargo, no son a tal punto difíciles de atender.

Si se me ocurre servirme poca verdura, que detesto, y tomar más patatas, los Van Daan, sobre todo la señora, protestan, dicen que he sido demasiado mimada.”

Por supuesto que todo lo anterior resultará poco en comparación con lo que sucedería después. Lo que hemos explicado hasta estas líneas es, si se quiere y cabe el término: doméstico, del ámbito familiar, situaciones que vivimos diariamente casi todas las personas, en lo que conocemos y definimos como “normal”, cotidiano… Pero, con la fácil derrota de Holanda  en su enfrentamiento desigual en la guerra con las impresionantes tropas del Tercer Reich, y con la invasión del pequeño país, vendrán los tiempos de zozobra, de inmenso terror, de persecución día y noche, de utilizar el ingenio, la creatividad a cada instante para hallar refugios, escondites que, a la postre, no servirán de nada ante la astucia del enemigo común. No obstante, uno de los tópicos de la grandeza de Ana se fundamentó en que, precisamente, ella se ocultó durante casi toda la guerra y fue, sino, hasta 1945, cuando fue encontrada y deportada al campo de concentración de Bergen-Belsen. Esa permanente tensión, esa neurosis que estaba a punto de cruzar el umbral y convertirse en psicosis, en paranoia desgastante de la personalidad, de los nervios, características inherentes de la paranoia por demás, iban a ser sus “compañeras” hasta el día trágico de su muerte.

Hay que abonarle a su favor el hecho de que, a pesar de ser una niña prácticamente desconocida para los nazis, cuya ficha en los archivos de la Gestapo y de la SS no significaba nada, puesto que no fue partisana (terrorista de la resistencia nacionalista), tampoco se desempeñó escondiendo ni salvando vidas de individuos de su propia raza… aún así su imagen va a trascender más allá de la guerra; porque representaría (y representa) a todo su pueblo, es una muestra “micro” de lo que fue la gran mayoría del judaísmo que vivía en la Europa de aquella terrible época. Incluso, la misma Ana no fue consciente de su importancia, puesto que no escribió su Diario para ser publicado, tal y como lo hizo su padre posteriormente; mucho menos que se convirtiera en el emblema, el símbolo universal de la chica inocente perseguida y muerta por la acción del mal. Ana Frank es y será, mientras dure la humanidad, la joven que represente justamente a la misma humanidad que es perseguida, encarcelada, flagelada y asesinada a sí misma; y a las ansias de vivir en libertad como lo sueña y practica gran parte del habitante de este mundo.

En el tercer milenio, para los pueblos del Africa, de América del Sur y Asia; para los que han sido perseguidos en el antiguo territorio de la Unión Soviética, como en el caso de Chechenia, aplastada por el ejército ruso; los chinos disidentes o  presos de consciencia, los convictos comunes y cualquier otro sospechoso de estar en contra de la China fundada por Mao-Zedong, y que desfallecen y mueren en los campos conocidos como laogai, la figura de Ana Frank se convierte en sus corazones en una fortísima esperanza para alcanzar, algún día, la libertad, aunque sea por acción de la misma muerte física.

Para ejemplarizar lo anterior, el crecimiento del temor en el seno de la familia Frank y en específico en la psiquis de la joven, transcribimos estos datos que aparecen en su Diario, fechados 10 de octubre de 1942:

“Ayer tuve un miedo terrible. A las ocho sonó el timbre con persistencia. Sólo se me ocurrió una cosa: que eran ellos. Pero todo el mundo afirmó que sólo se trataba de mendigos o del cartero, y me tranquilicé.”

“Miedo terrible” es la descripción de su estado personal interior y exterior. Hay que situarse en el papel vivencial de Ana y tratar de experimentar lo mismo que ella para saber más o menos acertadamente lo que le ocurría. Pero, ¿Qué era lo que sucedía con ella y los demás judíos holandeses y en general, europeos? Ya lo hemos comentado a lo largo de este trabajo; sin embargo, dejemos que lo describa la propia víctima en su Diario:

“Querida Kitty:

“Hoy no tengo que anunciarte más que noticias tristes deprimentes. Nuestros muchos amigos judíos son poco a poco embarcados por la Gestapo, que no anda con contemplaciones; son transportados en furgones de ganado a Westerbork, un gran campo para judíos, en Drente. Westerbork debe ser una pesadilla: un solo lavabo cada cien personas, y faltan retretes. La promiscuidad es atroz. Hombres, mujeres y niños duermen juntos. Imposible huir. La mayoría está marcada por el cráneo afeitado,  y muchos, además, por su tipo judío. Si eso sucede ya en Holanda, ¿qué será en las regiones lejanas y bárbaras de las que Westerbork no es más que el vestíbulo? Nosotros no ignoramos que esas pobres gentes serán exterminadas. La radio inglesa habla de cámaras de gas.”

El párrafo de arriba borra toda duda al respecto: era una situación real para un temor real. Allí no había espacio para argumentar que la muchacha y su familia nunca existieron y que los hechos nunca se dieron, como se esmeran en repetir hoy día los llamados “revisionistas”, que no son otra cosa que los nuevos nazis repartidos en Europa y Sur América, quienes niegan a pies juntillas que el exterminio de judíos y otras razas, durante la Segunda Guerra Mundial, haya sido realidad y verdad.

Por lo general, la paranoia y en su defecto la esquizofrenia, se basan en hechos ficticios, inventados, o que sólo existen en la mente del enfermo: pero, en el caso de Ana Frank vemos con toda claridad que habían motivos sólidos y contundentes para decir que su temor estaba bien fundado y hay que abonarle a su favor que ese temor enorme como la misma persecución nazi, no degenerara en demencia, tal y como sucedió con miles de personas en su misma situación y que apelaron al suicidio individual y conjunto, como única salida para no ser deportados hacia campos tan famosos y criminales como Auschwitz-Birkenau (el más grande), Treblinka, Buchenwald,  Dachau, Sobibor, Bergen-Belsen y demás.

A pesar de lo que hemos leído hasta el momento, Ana no dejó de lado su vida normal, hasta donde las circunstancias y los nazis se lo permitían: leía, escribía, charlaba con su madre y amigas y hacía todo lo humanamente posible por alejar la espantosa realidad que la rodeaba. Veamos en esta cita textual de su Diario, con fecha 16 de octubre de 1942:

“Querida Kitty:

“Estoy muy ocupada. Acabo de traducir un capítulo de La Belle Nivernaise, anotando las palabras cuyo significado desconocía. He resuelto también un difícil problema de matemática, y he escrito tres páginas de gramática francesa. Me  niego a resolver problemas de matemática todos los días. Papá los detesta también: yo me las arreglo mejor que él, pero, a decir verdad, ni el uno ni el otro nos sentimos muy fuertes, de manera que, a menudo, necesitamos recurrir a Margot. Yo soy la más adelantada de los tres en taquigrafía. Ayer terminé de leer Los asaltantes. Es encantador pero aún así está lejos de Joop ter Heul. En general, considero a Cissy van Marxveldt un autor formidable.”

Algunas veces, su temor abría paso a la inmensa preocupación que se exacerbaba debido a sus años de adolescente, especialmente cuando su padre enfermó con una alta fiebre y una erupción rojiza en la piel. Ana se sintió impotente, lógicamente quiso que su padre no hubiera caído en ese estado y urgió a ayudarlo, pero… “¡Cómo  te imaginarás, ni siquiera podemos ir a buscar el médico! Mamá se esfuerza por hacerle sudar. Quizá su fiebre baje.”  Así lo hizo ver en su Diario. Los enemigos los tenían limitados a sus casas, a sus habitaciones, a la nada… a la gran y perfecta nada, que los iba a conducir a lo irremediable: a la muerte.

También en la tribulación de la familia Frank y de los demás judíos, hubo momentos para la alegría deparada por los mismos nazis, aunque ello suene discordante y contradictorio. Leamos porqué:

“Querida Kitty:

“Todo el mundo en el anexo se regocija con la novedad: tendremos cada uno 125 gramos de mantequilla para Navidad. El diario anuncia 250 gramos, pero esa ración está reservada a los privilegiados que obtienen sus tarjetas del Estado, y no a los judíos ocultos que sólo pueden pagar cuatro tarjetas ilegales en lugar de ocho. Todos vamos a amasar con nuestra ración de mantequilla. Esta mañana he preparado bizcochos y dos tortas. Hay mucho que hacer arriba, por eso mamá me ha dicho que no debo ir allí a realizar mis tareas o leer, hasta que se haya terminado el trabajo de casa.”

Nótese que la simpleza de una ración de mantequilla ayudó a salir de la depresión a toda una comunidad de seres humanos; aunque, en el subconsciente, persistía el miedo de la deportación y de los campos de concentración, una idea, unas imágenes fijas en las mentes de cada uno de ellos.

Finalmente, debemos sintetizar lo escrito, lo ocurrido en la Europa en guerra, con estas palabras: el sentimiento general, el inconsciente colectivo (parafraseando a C.G. Jung), era de terror, en la mayoría de los casos fuera de registro hasta rozar la histeria, evidente cuando las SS tocaban o botaban las puertas de los judíos, los apresaban, los llevaban a los ferrocarriles con sus maletas y transportaban hasta los sitios de exterminio. Allá, en los andenes, los gritos, lágrimas, golpes e insultos eran la panorámica que antecedía a lo peor… al extermino. Sin embargo, ya habían pasado lo peor… la enorme tensión y la larga espera que los iba a conducir al hecho final.

1 Comentario

  1. Felicidadaes muy buen texto. Hasta luego.


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