Ensayo Arquitectura del Siglo XV

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Siglo XV: Arquitectura de América

     en Relación con los Acontecimientos en Europa 

Introducción

 

La evolución artística en Europa encontró en el Siglo XV el tiempo y el

lugar propicios para alcanzar mayor auge y, quizás, su mayor plenitud; pero lo más interesante, además de los rasgos y formas que presenta ante la mirada escrutadora y admirada del turista, el analista, el historiador y del estudioso, es el fenómeno que creó por sí misma: la arquitectura de ese siglo “se sumergió” en los vaivenes que llevaba la historia. Es por ese motivo que está presente en la partida de Cristóbal Colón y su gavilla de rufianes de la sureña Andalucía, con sus edificios moriscos y flamencos, y lo está también en la llegada a América, en el desarrollo social, religioso (principalmente) y estructural del nuevo continente.

Prácticamente (y de hecho), “sepultó” la majestuosidad de los tres imperios autóctonas de la América precolombina: el Azteca, el Maya y el Inca… los hace invisibles ante el poderío del conquistador y del colono español, para darle paso a las nuevas edificaciones que tienen “el aire” europeo, aunque totalmente funcionales en la agreste América hispánica.

Templos católicos, conventos, estatuas, monumentos, edificios públicos, barrios, ciudades enteras, plazas, calles, avenidas, santuarios, palacios de gobierno, mansiones privadas, museos y otras manifestaciones, se dejan ver a un costado y otro, en Ciudad de México, Antigua Guatemala, Panamá Vieja, Cartagena de Indias, Lima, Quito, Valparaíso, Santiago de Chile, Asunción del Paraguay, Montevideo, Uruguay y a lo largo y ancho de este continente que habla y se entiende en castellano.

Y no podría ser de otra manera que las construcciones arquitectónicas de la naciente Hispanoamérica del Siglo XV, siguieran el curso que marcaba Europa, debido a que los descubridores, conquistadores, colonizadores y constructores (arquitectos), venían de aquel continente, perneados por los movimientos en boga: el gótico, renacimiento, barroco y neoclasicismo. Así, llegaron a este continente de promisión y “descargaron” todo el conocimiento, “lo convirtieron en piedra”; esto es, en catedrales y demás edificios impresionantes, una arquitectura digna de ser admirada a pesar del paso de los siglos, que no amedrenta el impacto visual que estas obras causan en quienes las observan.

Finalmente se llega a la conclusión de que el descubrimiento de América sucedió en un buen momento desde el punto de vista arquitectónico, puesto que Europa estaba experimentando en ese instante, cambios trascendentales que a la postre beneficiaron al Nuevo Mundo en el momento de levantar las edificaciones; aunque el precio que se tuvo que pagar fue sumamente alto: ver la desaparición de las necrópolis de los anteriores imperios construidos por los habitantes autóctonos de estas tierras.

 Objetivos del Trabajo

La finalidad de este trabajo de investigación, es la de conocer fielmente la prodigalidad del Siglo XV, tanto en Europa como en el continente recién descubierto. Observar con claridad que las tendencias y movimientos artísticos nacidos en suelo europeo, fueron transculturados en América con gran éxito y admiración, puesto que los criollos (mitad español, mitad indígena), aceptaron de buen modo la grandeza y el estilo de los edificios, monumentos y plazas.

El Siglo XV otorga a las miradas escrutadoras de los interesados, hechos tan importantes como el fin de la Edad Media, con todas sus equivocaciones inherentes, como lo fue el feudalismo con su nobleza apabullante y sus siervos sin libertades de ninguna índole. El Siglo XV, por lo que se ha detallado en estos párrafos y otros aspectos más, merece ponerse “en la mira”, principalmente porque con el año 1,500, el último del Medievo, la humanidad comenzó su imparable carrera hacia el desarrollo y la arquitectura “despegó”, tanto en Europa como en América, hacia formas de edificar únicas y con mejor gusto estético. 

 

 

 

     Es oportuno en este momento, recapitular cuál período comprende el

Siglo XV y cuáles acontecimientos precisos se dieron en el Viejo Continente, para partir luego con el análisis de la evolución de la arquitectura y sus manifestaciones, en el Nuevo Mundo, en América… en esa América recién descubierta.

     El siglo que nos ocupa, abarca los años que van del 1401 al 1500; se le conoce apropiadamente como “el siglo de las innovaciones”, donde, además, se propiciaron los descubrimientos geográficos que cambiaron para siempre el derrotero del mundo conocido hasta aquel entonces.

     El Siglo XV es el último de la Edad Media, tal y como lo describe la historia occidental; es, así mismo, el primero de la Edad Moderna. El año 1492, cuando Cristóbal Colón arribó por vez primera a América, es exactamente la división entre el Medievo y la Era Moderna. Ya en 1453, los turcos habían tomado Constantinopla y se había inventado la imprenta, gracias al genio inventor de Johann Gütenberg.

     Con la llegada del hombre europeo a América, con la posterior conquista y coloniaje, da inicio la Arquitectura Colonial, que, sin evasiones ni excusas de ninguna especie, toma como modelo el paisaje urbano y marítimo de Europa, especialmente el español, y fundamentada en el arte religioso. Por supuesto que esta arquitectura tenía un objetivo subyacente, cual era servir de instrumento “a la aventura de la Conquista” del nuevo continente: Los esquemas romanos, propuestos por los españoles, hacen ver en suelo americano, por primera vez, un sistema reticular en el trazado de la ciudades.

     Complementariamente, se erigieron monumentos y plazas que reverenciaban al dogma de la fe cristiana recién traída y servían también como punto de referencia del conjunto, donde, invariablemente, estaba el templo católico, majestuoso, y dominando el marco del paisaje urbano colonial. Un detalle digno de ser destacado, muestra que las nuevas ciudades construidas por los españoles, mestizos e indios, laborando hombro a hombro, se hicieron sobre las ruinas de los grandes imperios, principalmente en México (Aztecas); Guatemala (Mayas); y el Perú (Incas). Nació así, la Arquitectura Colonial, llamada también con suma propiedad, “Nueva Civilización Hispanoamericana”.

     En la Europa de finales del Siglo XV, eran entonces conversaciones obligadas refiriéndose a América, era “la gran moda”… todos querían venir a estas tierras a aventurarse, conseguir un poco (o mucho) “del dorado”, el fastuoso botín que se decía estaba en las entrañas del Imperio Inca. Simultáneamente a este deseo, mezcla de codicia y ensueño por conocer y vivir en el continente recién descubierto, partían desde Guayaquil, en Ecuador; El Callao, en el Perú; y Valparaíso, en Chile; enormes veleros, galeones españoles resguardados por la Armada Invencible, con poderosos cañones de hierro, portando lingotes de oro, esmeraldas de la otrora Colombia (o Nueva Granada, como se le conocía); joyas esculpidas por los Incas y doblones dorados acuñados  en la Casa de la Moneda, sita en Santiago de Chile, que, con el paso de los siglos, se convertiría en la histórica sede del gobierno chileno.

     De esta forma, los templos católicos de Andalucía, Castilla, Aragón, Navarra y otros reinos españoles, serían decorados con el oro llevado de América. ¡Nunca antes en la vida, los ibéricos habían visto tanta riqueza junta, traída allende del Atlántico! Incluso Inglaterra, cuyas Majestades Soberanas comenzaron a repartir las tristemente célebres “patentes de corso”, que no es otra cosa que permitir, legalmente, a los corsarios y/o piratas, el ataque y el saqueo a los galeones españoles, con el propósito de enriquecer a la Corona Británica con el producto de la piratería. El ejemplo más gráfico de ello, fue Sir Francis Drake, “un caballero británico” diestro en incendiar y tomar lo que no le pertenecía del fondo de las bodegas de los navíos hispanos, adonde se los topase.

     Es por eso que mucho de aquel oro americano y las gemas obtenidas, previo vejamen de los barcos en altamar, llegaron a decorar espadas, casas, palacios y toda la arquitectura posible y disponible del Siglo XV inglés. 
 

     En lo que atañe a las obras arquitectónicas en América durante el mismo siglo, es menester citar algunos aspectos que la hicieron diferente, comparativamente con lo visto hasta ese momento en Europa, Africa del Norte y Asia. Quienes la aplicaron, se valieron de nuevas formas artísticas, adaptando sus mentalidades europeas a las variaciones étnicas y geográficas que se les exigían en el Nuevo Mundo. Los materiales utilizados se diferenciaron mucho a los usados en Europa; emplearon una tipología (formas de las construcciones), en virtud de la función; es decir, “el estilo arquitectónico debía ser funcional y práctico en las tierras recién descubiertas.”

     Paralelamente al desarrollo de las construcciones en América, a su peculiar y novedosa arquitectura, en Europa se desarrollaban grandes estilos artísticos; de tal manera que el gótico, el renacimiento, el barroco y el neoclasicismo, fueron estilos que influenciaron en la topología arquitectónica de la Arquitectura Colonial. Algunos ejemplos de ellos, los podemos encontrar en los trazados góticos implícitos en la Catedral de Santo Domingo (1521-1537), la Iglesia de San Francisco y en La Merced, así como algunas portadas y edificios civiles en la República Dominicana.

     Otras trazas góticas son evidentes en los templos de las órdenes religiosas (franciscanos y agustinos principalmente), anteriores a 1570, en México.

     El renacimiento en la arquitectura americana, presenta tres etapas diferentes entre sí. En una primera fase, se nota el empeño puesto de manifiesto en la construcción de grandes catedrales con elementos decorativos más geométricos. Por su parte, el barroco en Hispanoamérica es esencialmente decorativo. En Perú y México hubo más intensidad de ese estilo y en el segundo país, hubo un buen manejo de los materiales, como la piedra y el yeso, que se usaron para crear ricas policromías; y el elemento de mayor importancia fue la cúpula, presente en todos los templos invariablemente.

     Con la aparición del neoclasicismo, se retornó a los modelos clásicos (griegos), llevados por los arquitectos españoles de la Academia al nuevo continente, ocasionando la aparición de nuevos estilos en estas tierras recién descubiertas: columnas corintias que cubren la anchura de las tres naves de los templos, con órdenes gigantes y frontón curvo de remate en las fachadas, que les otorgaron una especial belleza. Esto es posible apreciarlo hoy día en Guatemala, Uruguay y el Perú.

     Es así como las nuevas tendencias artísticas o arquitectónicas, creadas en la vieja Europa, no se quedaron entre sus límites geográficos, sino que vinieron en las mentes de los inmigrantes españoles y “anclaron” en América paulatinamente, en forma de verdaderos movimientos o escuelas, desde el gótico, pasando por el renacimiento y el barroco, hasta desembocar en el neoclasicismo. Todo ello en el Siglo XV, punto de partida de una nueva civilización “hija indiscutible de la europea”; aunque independiente en sus necesidades y desarrollo progresivo.

     Es perentorio decir y subrayar con firmeza, que el arte en Latinoamérica va a ser fundamentalmente religioso, marcado por el poder de las principales órdenes religiosas llegadas de Europa. La iglesia, edificada frente a la plaza central de las poblaciones, se erige como punto de referencia del espacio urbano. Las distintas escuelas se diferenciarán tanto por los materiales utilizados para la construcción, específicos en cada zona, como por las tipologías de los edificios, en virtud de la función que debían cumplir. 
 

Arquitectura Gótica en América

     Para ser exactos, el Siglo XV no fue generoso con el arte gótico en el nuevo continente, debido a las pocas obras realizadas; sin embargo, hay muestras fieles de su presencia en estas tierras. El gótico fue dejando paso libre a la llegada del plateresco y posterior purismo renacentista. Los ejemplos de la traza gótica que encontramos en Hispanoamérica son, por esa razón apuntada anteriormente, escasos y emparentados con el primer renacimiento del Siglo XVI.

     Ya se habían tratado estos ejemplos en este mismo trabajo; pero vale la pena tocarlos de nuevo: tienen rasgos o trazas góticas la Catedral de Santo Domingo, el templo de los Dominicos (con nave única, capillas laterales, crucero y cabecera ochavada), y la Iglesia de La Merced. Todas ellas en República Dominicana.

     En San Juan, Puerto Rico, se hallan modelos góticos en la Iglesia de los Dominicos, con un hermoso crucero y presbiterio. En México, también los templos de órdenes católicas, como los franciscanos y agustinos principalmente. El tipo de construcción es el de iglesia fortificada (con algunos precedentes hispanos), de una nave, cabecera poligonal, bóvedas de crucería de cañón en templos agustinos, y un tratamiento exterior de gran sobriedad, muros desnudos y remates almenados. Junto a estos elementos, la voluntad de evangelización derivará en la construcción de atrios, con “capillas para indios” o posas en los ángulos. Esto último, en particular, difiere de los templos con trazas góticas existentes en España, porque la jerarquía católica tenía que adaptas sus edificaciones al nuevo mundo descubierto y que fiera funcional para los nativos, en este caso los indios, y no sólo para los españoles y criollos.

     Ejemplos del gótico en México, son los conventos franciscanos, el de Huejotzingo o el de San Andrés de Calpan; son interesantes también las capillas para indios de Tepeji, Xochimilco y Acolman. La influencia indígena, en la mayoría de los casos, domina a la europea en esta arquitectura, muy a pesar de lo que los propios españoles hubieran querido, y se hace notar en lo decorativo, con un tipo de talla de superficies planas a bisel, que se encuentran en portadas como las de Tlanalapa (en Hidalgo) y Otumba (en México D:F.).

     Ya se ha dicho anteriormente que el arte gótico en América se diferenció del europeo no sólo en la temática indígena, sino en “la parquedad”, la escasés; es decir, América Hispánica no se entretuvo en este tipo de arquitectura y encontrar gótico en el continente recién descubierto, son verdaderos hallazgos sujetos a la casualidad, más que a otra circunstancia. 
 

El Renacimiento al Otro Lado del Océano

            La grandeza de los conquistadores y colonizadores que vinieron a América, al margen de la codicia que los movió, fueron las ideas artísticas que trajeron con ellos y que, inevitablemente, plasmaron en este continente como hemos visto.

      El renacimiento ya lucía “aplastante” en la arquitectura europea y prosiguió en América en tres etapas diferenciadas, que evolucionaron paulatinamente: una primera etapa muy ligada aún al gótico; una segunda emparentada con el plateresco; y una tercera fue coincidente con la construcción de grandes catedrales, caracterizada por el empleo de motivos decorativos más geométricos para buscar contrastes de claroscuro. A esta última etapa corresponde e convento agustino de Actopan (en Hidalgo, México); así como los franciscanos de Tecali y Zacatlán de las Manzanas, también en México.

      En Venezuela y Colombia, el renacimiento se inspiró y creó portadas como la de la capilla de los Mancipe; y la influencia del mudéjar toledano (Toledo, España), se dejó sentir en las arquerías de claustros y cubiertas de los templos, como en las catedrales de Cartagena y Coro, la iglesia mayor de Tunja, con interesantes arquerías y galerías arquitrabadas de estilo toledano.

      En Ecuador, tendrá peso específico el plateresco, con portadas interesantes como la del Evangelio de la Catedral de Quito; pero quizás el templo más representativo es el convento de San Francisco, con una fachada renacentista que enmarca un conjunto mudéjar de iglesia y claustro, así como una monumental escalinata al estilo de Bramonte de acceso al templo, desde la plaza a la que se abre el conjunto.

      El plateresco tiene también especial desarrollo en Cuzco, Perú, con una interesante fachada y patio en la llamada Casa del Almirante; y en Ayacucho, con una interesante portada en la Iglesia de San Cristóbal. En la meseta del Collao, en el Alto Perú, floreció una arquitectura sencilla y austera y se conserva la iglesia de Paucarcolla, de los dominicos, con una portada en arco de triunfo.

      Merecen citarse así mismo, iglesias con fuerte influencia española, mudéjar para ser más precisos, en San Francisco del Sucre, el Templo de Santa Clara o la iglesia de San miguel. El modelo de iglesia con atrio y posas, lo encontramos también en el Santuario de Copacabana, en Bolivia. El convento de San Francisco, con una majestuosa estructura de madera en la cubierta, es otro ejemplo digno de ser destacado de este período renacentista en América, justamente en el sur del continente.

     La inevitable e infranqueable influencia europea en la arquitectura de Hispanoamérica, se muestra en la Catedral de México, que se deriva de la de Jaén, España, con trazas renacentistas con alguna reminiscencia gótica como la distinta altura de las naves. Las dimensiones del templo en planta son monumentales, como imponentes los órdenes de clásicos de la fachada, enmarcada entre grandes torres. Otras edificaciones que siguieron el estilo renacentista venido de Europa, son la Catedral de Puebla, con mayor unidad de estilo que la de Ciudad de México, y con una mayor esbeltez en las torres. Pero es la Catedral de Guadalajara la que tiene mayor influencia española, donde se observan las trazas de la escuela granadina de Diego de Siloé.

     Finalmente, las Catedrales de Lima y Cuzco, inspiradas en los mismos modelos existentes en España, se ajustan al modelo de iglesia-salón, de planta rectangular con cabecera plana. Las bóvedas de la catedral limeña son de crucería gótica, sustituyendo a las primitivas de arista. Por supuesto que hay muchísimos más ejemplos de arquitectura del Siglo XV y del renacimiento en toda Hispanoamérica; pero se haría sumamente extenso repasarlos en este trabajo. De tal manera, la arquitectura utilizada por el catolicismo, sigue siendo el gran punto de referencia para conocer cabalmente, la grandeza, la magnificencia y la influencia de Europa en las edificaciones hechas en la aún joven América. 
 

El Barroco También Presente 

      Los europeos trajeron consigo, de igual modo que las otras escuelas ya analizadas, al barroco con todas sus variables y “fuerte personalidad”; y podría afirmarse sin temor a equivocaciones, que el barroco en Hispanoamérica adquirió mayor significado que en la misma Europa y, propiamente, en la Península Ibérica; no obstante, en América, es esencialmente decorativo, se le aplicó en el lenguaje ornamental a los esquemas de la construcción y de estructuras inalteradas, desde comienzos de la arquitectura hispanoamericana. México y Perú son, quizás, los dos grandes focos donde, con mayor intensidad, iba a encontrar eco el nuevo estilo “enviado” desde la vieja Europa. 
 

     Un dato original y por lo tanto… especial, por la sorpresa (la grata sorpresa), que dejara a los historiadores, es la presencia de arquitectos italianos al servicio de España y Portugal, quienes llegaron a aportar bastante de su conocimiento al nuevo continente, talvez emulando el espíritu aventurero de otro italiano llamado Cristóbal Colón, genovés de nacimiento y al servicio de la Corona española y que fue quien inició toda esta transculturación entre europeos, mestizos e indios americanos. Así, el nombre más conocido es el de Juan Bautista Antonelli, quien estuvo laborando en el Caribe; sin embargo, fue su hermano menor el que arribó primero a este continente y lo hizo a Río de Janeiro, Brasil, después de su fracasado intento de cruzar el Estrecho de Magallanes, para construir allí dos fuertes, que eran proyectos de Tiburcio Spannocchi.

     De tal forma, los trazados regulares y octogonales de las ciudades hispanoamericanas, atribuyen a Juan Bautista Antonelli la paternidad del plano urbano en damero, de la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala (hoy Antigua Guatemala), en el Valle del Panchoy. Es contundente el hecho de que Bautista Antonelli, el hermano menor, levantó la mayoría de las fortalezas militares en el Caribe, hasta que falleció en Madrid, España. Estas fortificaciones tienen grandes trazos del levante español, traídos por los italianos señalados.

     La pregunta obligada que surge es, ¿Por qué la España del Siglo XV necesitaba de emplazamientos militares en el Nuevo Mundo? La respuesta es simple si la analizamos en el contexto histórico del mismo siglo: como observó Benedetto Croce, “Los italianos iban a España como maestros; los españoles venían a Italia como discípulos. Los primeros aportaron un arte propio; los segundos vinieron a poner su ingenio al servicio de un arte extranjero.” Con Carlos V y Felipe II, los límites territoriales del reino se extendieron desde la frontera italiana, que controlaba y frenaba el empuje turco en el Este balcánico y, por el lado opuesto, cruzaba el Océano Atlántico, incorporaba el continente americano y llegaba hasta las Filipinas. España necesitaba de arquitectos e ingenieros militares, expertos en fortificaciones para levantar sus plazas defensivas y como las experiencias más adelantadas en ese momento eran las italianas, fueron muchos los técnicos italianos que formaron esa enorme legión de constructores que sembraron de fortificaciones las posesiones españolas de Europa y posteriormente de América.

     Algunos ejemplos de estos emplazamientos que, generalmente, se erigían frente al mar, con sus cañones apuntando al horizonte y ante la posible llegada de un galeón corsario, se puede citar al castillo de La Fuerza, en la entrada de la Bahía de La Habana, en Cuba, la primera fortaleza abaluartada en la frontera oeste y, por lo tanto, la primera de esa tipología que se construyó en América. Tiene la plana cuadrada y baluartes en los cuatro ángulos, con gran patio central e integrada en el contexto urbano.

     Otros sitios similares, se encuentran en Ciudad de Panamá, en Cartagena de Indias, Colombia, en el Atlántico; y en el Pacífico, en Puerto el Callao, en el Perú; Valparaíso, Chile; y al norte, en la costa mexicana. Ya España había perdido sus posesiones de Barbados y Jamaica, que pasaron a manos de Inglaterra; y los franceses y holandeses hicieron algo parecido en otras islas de las Antillas, que sirvieron como bases para el abastecimiento, partida y regreso de los piratas, cuyo modus vivendi era atacar a los puertos españoles y a los galeones que marchaban hacia España, atestados de riquezas.

     Es así como el desarrollo social y económico del Nuevo Mundo en manos del Imperio Español, necesitó defenderse y dio origen a los magníficos castillos desplegados a lo largo de las costas de América. Todos ellos semejantes a los de la costa levantina, en Cartagena, Alicante, Peñíscola, Cádiz, Gibraltar y las Baleares, precisamente para “cuidar las espaldas” de las vastas posesiones, de ese enorme imperio., que parecía ensancharse cada vez más. La arquitectura, entonces, pasó de lo religioso (arte catedralicio y conventual), a lo bélico-estratégico; es decir, de la fe cristiana a la defensa de las colonias, de sus pobladores y pertenencias materiales, principalmente esto último. Evidentemente, los conquistadores se trajeron de Europa algo más que la ambición general e intrínseca, porque en sus barcos venían también “los planos arquitectónicos” de las ciudades que dejaron atrás, para erigirlas en las tierras recién descubiertas, de aquí la semejanza de unas y otras, de las americanas y las europeas. 
 

     Conclusión 

      Las calles sinuosas, serpenteantes, angostas, vigiladas por dos hileras interminables de blancas casas provistas de balcones y ventanas enrejadas artísticamente, hasta confluir en una plaza central que, los días domingo se convierte en mercado improvisado, frente a una augusta y bella catedral, es lo que se encuentra a lo largo y ancho de esta América que se niega, a pesar del tiempo transcurrido, a deshacerse de las huellas arquitectónicas dejadas por los españoles a partir del Siglo XV.

      Antigua Guatemala, Guadalajara (México), algunos barrios de Lima (Perú); Panamá Vieja y un largo etcétera de urbes coloniales, no son otra cosa que la copia de las ciudades de Castilla, León, Cádiz, Córdoba, Jerez de la Frontera, Pontevedra y muchas más, que sirvieron como marco o modelo para los arquitectos que se marcharon hacia América.

      Como ocurre en España la catedral imponente siempre está dominando a la urbe; el fuerte que domina la bahía y los edificios administrativos que muestran su señorío de “alta política”. Todo ello se repite en esta América que también, e inevitablemente, vivió las corrientes artísticas que se daban en la vieja Europa. El precio que se tuvo que pagar fue muy alto: ver destruidas las necrópolis levantadas por Aztecas, Mayas e Incas y otros pueblos indígenas “de la periferia mesoamericana, para dar paso a la arquitectura hispánica. De forma paralela, el indio, antes dueño de su presente y su destino, pasó a ser propiedad del conquistador y un vasallo más del nuevo poder llegado allende los mares. 
 

      En síntesis, la arquitectura evidente en la América post-colombina, es el testigo mudo, silente, de la historia, con toda su intensidad, su doloroso mestizaje, sus guerras internas de dominación y emancipación, que decantaron al Nuevo Mundo en beneficio temporal de Europa. 

 

1 Comentario

  1. un buen texto. Felicidades de nuevo y saludos.


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