Ensayo La Mujer Víctima y Cómplice

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La Mujer Víctima y Cómplice

 

Por: Yadira Calvo.

 

Introducción.

Hay obras literarias, principalmente en Costa Rica, que pasan sin mayor pena ni gloria y se quedan finalmente en el olvido; pero otras –muy pocas por cierto-, como algunos poemas de Jorge Debravo; novelas de Carlos Luis fallas o cuentos de Carmen Lyra, se han mantenido a lo largo de las épocas, degustadas por las diferentes generaciones. Esta obra de Yadira Calvo, sin duda, pertenece al selecto grupo de las que van a superar los años y las épocas. Su carácter polémico, incisivo, realista y verdadero, será la razón fuerte para que los lectores la tengan dentro de sus preferidas por muchísimo tiempo.

            Yadira Calvo es de las pocas costarricenses que han tomado la pluma y ha descrito la realidad de la mujer a través de la historia, hasta llegar al momento actual y preciso. Por supuesto, las reacciones han sido diferentes, desde la total indiferencia por parte de los hombres, pasando por el repudio de algunos “machos”, hasta desembocar en la admiración y el aplauso de las féminas, quienes ven su condición social, genérica y existencial, reflejada en las páginas de este ensayo.

            Como era de esperar, grupos feministas a ultranza y lésbicos la han hecho suya, semejante a un estandarte en el cual fundamentan su razón de ser; no obstante, Yadira Calvo, a lo largo de todos sus libros, cuya temática no varía, lo que pretende es poner “las cosas a derecho”, que a la mujer universal, la que habita en todo el mundo y por supuesto en Costa Rica, se le respete, se le reconozca y se le dé el lugar histórico que le han quitado de manera vil e irrespetuosa.

            Sin ningún temor podemos decir que “La Mujer Víctima y Cómplice” es un libro diferente, creado para un lector de gran madurez y consciente de que lo expuesto por la autora es cierto e irrefutable. Los mismos hechos retrospectivos y actuales, así lo afirman; es decir, la práctica del vasallaje cruel sufrido por el sexo femenino.

 

 

Desarrollo

La autora nos monta en “una máquina del tiempo” desde que leemos la introducción y nos lleva a la antigua Grecia, la Clásica, y al Imperio Romano, utilizando citas de los pensadores más excelsos de aquellos siglos, con el único fin de fortalecer sus juicios sobre el papel… triste y denigrante papel que ha tenido que jugar la mujer en el concierto de los pueblos del mundo.

            Nos lleva al Génesis bíblico, nos vuelve a traer a la actualidad; nos remite a Pablo de Tarso, a San Pedro, a San Juan de La Cruz, Engels, Marx y nos hace conocer las circunstancias diarias de las féminas durante la prehistoria, incluso. Sus argumentos fluyen desde su intelecto, desde su raciocinio de escritora estudiosa y analítica y nunca desde el fondo de alguna herida que pudiese existir en ella. Nó, dichosamente Yadira Calvo, educadora y ensayista, no está ni estuvo herida por el maltrato de algún hombre; sino que su deseo intrínseco, profundísimo, es el de ayudar a su vilipendiado género, es “el despertar mañanero” que suena para que las mujeres despierten de un sueño irresponsable en el que han vivido desde que Dios creó al ser humano.

            “Irresponsable” porque ella ciertamente es víctima del machismo; pero es cómplice porque le ha seguido ese juego, lo ha aceptado y lo ha asumido en detrimento de ella misma. La autora hace ver, entre líneas, que la mujer históricamente ha provisto al hombre de más elementos para relegarla a un puesto que no le corresponde. Incluso, ha habido muchas de ellas que no han tolerado cuando se les ha tratado de igual a igual por parte de sus compañeros. Sienten extrañas esas situaciones, en una especie de masoquismo que se dificulta digerir por más que tratemos.

            Es posible que muy pocos libros escritos en el país por costarricenses, sean tan concientizadores como éste y a la vez, tan ignorados por las propias mujeres como este mismo. En el caso de que fuera más conocido por mayor cantidad de féminas, causaría mayor efecto en nuestra sociedad, justamente por la contundencia de su argumento.

            Apenas da inicio a su trabajo, Yadira Calvo dice: “Si el varón ha sido el elaborador de la cultura que conocemos, incluyendo la religión, el arte, la política y la ciencia, se ha debido a que tuvo el privilegio, según se verá más adelante, de hacer exclusivamente ese designio, divino según la Biblia, de que hombre y mujer, dos versiones de lo humano, mandaran juntos sobre el cielo, el mar y la tierra. Y esto lo consiguió convirtiendo a la mujer en su servidora eterna.”

            “Servicio”. El término suena a “esclavitud”, “empleada doméstica”, con el agravante de que a la esposa no se le paga, únicamente se le compensa con alguna frase cariñosa de parte de su marido o alguna salida al cine o al restaurante; sino el silencio o la indiferencia en la mayoría de los casos. Agrega que los antiguos imperios lograron su apogeo y grandeza, basándose en la esclavitud de otros pueblos conquistados; y de la misma forma el hombre se ha elevado, subiéndose en la opresión de la mujer. De esta manera ha alcanzado ser brillante en las artes y las ciencias. Cabe pensar en este trazo  de la lectura, en personajes como Napoleón, Einstein y Freud, quienes basaron sus logros sabiendo implícitamente que detrás de cada uno de ellos había una mujer que cuidaba de sus intereses y detalles en sus hogares. De lo contrario, sin ese fundamento jamás hubieran alcanzado lo que alcanzaron posteriormente.

            Según la historia, siempre de acuerdo con la autora, la mujer se ha visto obligada por el hombre, la sociedad y ella misma, a someterse totalmente a restricciones de diversa índole, obteniendo con ello su condición inferior “de la que no ha logrado evadirse todavía”, cita textualmente la escritora. En otras palabras, lo que se ha obtenido dentro del género humano ha sido dos mitades, una de ellas destinada al servicio y placer de la otra mitad. Junto a la parte sojuzgada, perteneciente al sexo femenino, el hombre decidió denigrarla al fundir el sustantivo mujer con lujuria, falsedad, maldad, superficialidad y ociosidad. Es decir, los sinónimos de ésta son los que apuntamos arriba; aunque, en la realidad, eso no sea cierto.

            En opinión de Yadira Calvo, esa herencia es muy difícil de desarraigar, porque los cambios que se hagan en la concepción que se tienen de la mujer, tienen que ver directamente con la estructura de la familia; es decir, la familia deberá modificarse “de manera que deje de seguir siendo el germen esclavista de la humanidad”, escribió la autora. Como solución plantea que la pareja se una en forma permanente, que se integre plenamente y posibilite así una sexualidad en los órdenes espirituales y afectivos, enriqueciendo la individualidad en la pluralidad y logrando un paso “del yo al nosotros”. En otros términos, cabría aquí la posibilidad de la “fusión” entre las dos almas; pero antes tiene que darse la igualdad, que el hombre deje su dominio, su control y prepotencia sobre su compañera y ésta, por fin, tenga la posibilidad de ser igual.

            Es así como Yadira Calvo menciona: “El porvenir del mundo no puede ser jamás producto del monosexismo (sólo un sexo gobernando), ya sea masculino o femenino, sino de la cooperación efectiva y equivalentemente responsable de ambos sexos.” Con esta tesis, de paso, la escritora destruye toda esperanza sin fundamento de los movimientos feministas y lésbicos, que, al tomar en sus manos este libro, quisieron darle un giro al argumento para decir que lo expuesto en él no pretende otra cosa que el poder absoluto, el reinado total de la mujer en el mundo de hoy día, avasallando por fin al hombre, su eterno esclavizante, y fortaleciendo a las lesbianas y a las feministas en sus posturas recalcitrantes, como si este libro se convirtiera en “la Biblia” de ambos sectores. Sin embargo, la cita textual transcrita en la página anterior, descubre el verdadero sentimiento y pensamiento de Yadira Calvo, cual es “la igualdad en todos los aspectos de ambos sexos y nó el dominio de uno sobre el otro”. Es decir, la autora se solidariza y denuncia el vasallaje ancestral sufrido por las mujeres; pero no exige, ni pide a favor de ellas, represalias ni otro tipo de desviaciones, aberraciones o perturbaciones, como lo podría ser escribiendo una obra para feministas que odian al hombre o lesbianas que han equivocado el camino vivencial.

            Ciertamente, la mujer sufre y ha sufrido a través de la historia segregación laboral, social y psicológica, de parte del “macho” y por medio de simples detalles ha evidenciado como en ese trato, que no es otra cosa que trato desigual, el hombre actúa cortésmente para ayudar a la mujer a cambiar de acera, hasta “el piropo” grosero e insolente que va lanzado lleno de obscenidad, para intimidarla. Es así como este libro fue concebido por Yadira Calvo, precisamente para acallar las dudas, satisfacer su intranquilo espíritu y derribar sus mitos que han sido construidos desde la noche de los tiempos. Es una obra de una mujer y para las mujeres.

            En sus primeros párrafos parece que la autora blasfema, que mira desafiante al Creador, cuando explica que el mismo Dios es padre (y no madre), para los indoeuropeos que crearon el concepto del Ser Supremo. Nunca concibieron que quizás Dios podría tener los rasgos y sentimientos de una mujer. De aquí parte para introducirse en la prehistoria para señalar que la opresión de las mujeres no comenzó con la especie humana; o sea, no está dentro de la naturaleza humana que el hombre sea el dominador sólo por el hecho de ser hombre. Sino que esta opresión dio inicio miles de años después, aproximadamente en el quinto milenio antes de Cristo, con el sistema patriarcal y fue cuando ellas perdieron su libertad. “Se les alejó de la vida al aire libre, de la ciencia, del arte, de la riqueza; se censuró su palabra, se descalificó su pensamiento. De este modo los hombres establecieron artificialmente una ventaja sobre las mujeres.” Escribió Yadira Calvo.

            Pero en estos trazos de sus líneas, la autora emplea su resentimiento al decir que el hombre fundamenta su dominio en su mayor agresividad, su tamaño y fuerza física, rasgos que proporcionan una sensación de grandeza y poder, como sucede entre los gorilas, orangutanes, chimpancés y algunos hombres. Esta alusión la hace la escritora con la firme y clara intención de rebajar al “macho” humano al nivel de los primates retrógrados e involucionados. Aquí, ella no se limita con el insulto.

            Y esta descripción del dominio viril sobre el femenino, adquiere otra connotación cuando, a principios del año 2000, en Costa Rica, los hombres están empleando con mayor constancia que antes, su fuerza física para pegar, agredir, abusar y sojuzgar a las mujeres. De ahí que las leyes de protección hacia ellas, han aflorado casi en el mismo número que las mismas agresiones masculinas. El hecho de que la policía tenga que actuar, que los jueces dicten medidas cautelares contra los hombres, no significa otra cosa que la actitud del orangután y nó del ser civilizado que debería existir en el compañero.

                Cita a Renán, quien afirmó tristemente que la familia se fundó merced a actos atroces: millones de mujeres fueron apedreadas por supuesto adulterio y el macho creó su propia ley, aplicando el garrote en su propia casa para conservar a su hembra. En otro aspecto, en las comunidades agrícolas y pastoriles, donde trabajan mujeres y niños, estas fueron consideradas bienes económicos o mano de obra gratuita y acrecentaron el caudal económico de su dueño. Al lado de todo esto, los hombres formaron leyes basadas en virtudes domésticas u hogareñas, que las mujeres debían respetar para garantizar su seguridad: tenían que ofrecer pudor, virginidad, fecundidad, fidelidad, obediencia, ignorancia, modestia y timidez. Sólo así, el hombre estaría realmente satisfecho.

            Desde el punto de vista etimológico, la autora hace notar, utilizando varios idiomas, como el dominio del padre, del ser masculino, está por encima del femenino. Los términos fatherland en inglés; vaterland en alemán; patria en español, derivan de la raíz indoeuropea de “padre”, nunca provienen de “madre”, lo cual es una exclusión al sexo opuesto. “Esto indica que es el sexo masculino el único que se ha considerado importante en la humanidad, y que la desmesurada exaltación y el aparente prestigio de la madre sólo han tenido una finalidad puramente biológica, en cuanto a favorecer una inclinación, aparentemente natural, con el fin de mantener y propagar la especie.” Ilustra Yadira Calvo.

            Así también, le molesta extraordinariamente el hecho de que se diga “hombre” en castellano, para referirse genéricamente al ser humano de uno y otro sexo y hasta hace unos diez años atrás, en Costa Rica, se ha venido corrigiendo un poco el entuerto y se dice “los hombres y las damas”,  “ellos y ellas”, para referirse en términos generales a la especie humana; aunque en otras naciones eso no ha sido arreglado todavía. Por otra parte, las mujeres costarricenses, no oficialmente, se han quitado de encima la preposición “de” cuando se habla o escribe de su matrimonio. Ya no están de acuerdo en que se diga “Luisa de González” o “Berta de Espinoza”, para mencionar dos ejemplos.

            La autora asegura que ese “de” es indicio de posesión, que ella es propiedad del esposo y critica a pueblos más civilizados, como los franceses, ingleses y alemanes, que le quitan el apellido a la mujer, por completo, una vez que contrae matrimonio, y le imponen el patronímico del marido, como en los casos de “Margareth Thatcher”, “Hillary Clinton”, etcétera. Y lo que es peor, en muchas circunstancias esa mujer es superior profesional y humanamente al mismísimo consorte, tal y como hemos visto en los dos ejemplos arriba citados.

            El acto de simplificar a la mujer únicamente a cuerpo, a la carne, es propio de estas épocas y esto es patente en los concursos de belleza, donde esa carne es medida y pesada como los animales que se ofrecen en el mercado. A la hora de buscar empleo, los atributos físicos juegan un papel importantísimo para obtener el trabajo, sin que el talento u otras virtudes emocionales tengan preponderancia posteriormente. Pero la autora señala con toda sinceridad que la misma mujer es la culpable de ello, porque se ha dedicado, desde muchos años atrás, a cultivar los encantos de su fisonomía en detrimento de su moral y espiritualidad. Recuerda la frase dicha por el francés Charles Baudelaire, que no es nada más que un epitafio: “Sé bonita y cállate”, dijo en una oportunidad, reduciendo prácticamente a nada a las féminas.

            En lo que respecta a la preferencia de los hombres en el momento de casarse, a éste no le importa que ellas sean profesionales, porque esa condición sería desfavorable para ellos: el trabajo profesional de la mujer simplemente es incompatible con el de abnegada esposa y madre que cuidará de él y los hijos; es decir, rompe con todos los esquemas tradicionales en los cuales la mujer deja la posición en la que la sociedad las coloca… la de inferioridad. “Por eso (el varón) prefiere, a los valores intelectuales de la mujer, los puramente físicos”, cita la escritora.

            Del mismo modo, siempre dentro del marco de la apariencia femenina, la autora nos vuelve a remitir a la historia al decir que la Reina de Egipto, Cleopatra, pudo retener su trono ante el dominio apabullante de los romanos, explotando sus encantos corporales: sedujo a Marco Antonio, a César; pero fracasó con Octavio. Ella había entendido que su triunfo político y hasta su propia vida, dependían de su poder sensual o de su belleza física. La situación no ha cambiado mucho desde aquellos lejanos años hasta los actuales; por eso, la preocupación de las féminas por no envejecer, que es sinónimo de fealdad. Saben que, una vez feas o menos atractivas, “el poder” se les escapará por la parte trasera del espejo. Incluso, Yadira Calvo echa mano a los cuentos infantiles célebres, en los casos de Bancanieves y la Cenicienta, entre otros; donde se asocia la fealdad con la maldad y la belleza con la bondad. Tampoco, ambos personajes femeninos son un dechado de inteligencia o astucia; más bien fueron creadas ingenuas, fácilmente engañables por las brujas o madrastras y arrastradas al abismo del suspenso, el peligro y el sufrimiento, hasta que llega “un hombre” y las salva… y las hace inmensamente felices.

            En una variable sobre el mismo tema, a la autora le sorprende profundamente la postura del filósofo español José Ortega y Gasset, considerado el hombre más culto del Siglo XX en Hispanoamérica, quien, en su libro La Rebelión de las Masas, escribió que en las mujeres “la vida psíquica (o interior), está más fundida con su cuerpo. Su alma es más corporal.” Viniendo de Ortega, sus expresiones son en todo caso un insulto, una desvalorización absoluta del ser femenino, quien es sólo piel y al final de la vida será “pellejo”; es decir, material desechable, su vida espiritual será nula, nada.

            Fundamentándose en la mitología, la escritora nombra a Hesíodo, en e SigloVII a.de C., quien dijo que Prometeo robó el fuego de los dioses, tal y como lo creó Esquilo en su célebre tragedia, y que el hurto, afirma Hesíodo, le significó a la humanidad como castigo, imponerle “la terrible raza de las mujeres.”

            En la Biblia, en el Génesis, Eva, otra mujer, fue tentada por Satanás, convertido en serpiente, y la hace comer el fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal. Esta mujer incita a su compañero Adán para que coma también, “convirtiéndose así en su corruptora”, escribe la autora. La situación desembocó en la pérdida el Paraíso Terrenal y los hombres condenados a trabajar y las mujeres a parir con dolor.

            Para Fray Luis de León, la mujer era un animal mucho más flaco y deleznable que cualquier otro, quien dio inicio al pecado “y por ella morimos todos”. Señala el famoso fraile. Además, todo lo escrito en la Biblia contra la mujer, según Erick Fromm, “es un canto de victoria sobre la mujer derrotada.” En otros términos, el Libro Sagrado del mundo cristiano proporciona un magnífico argumento antifeminista, de acuerdo al análisis hecho por la autora y agrega que el mismísimo San Pablo volvió a insistir sobre la maldad fundamental de ella: “el engañado no fue Adán, sino la mujer, que, seducida, incurrió en la transgresión.” Dijo.

            Tertuliano remata: “Mujer, deberías andar siempre vestida de luto, cubierta de harapos y humillada en la penitencia, a fin de reparar la falta de haber perdido al género humano… Mujer, tú eres la puerta del diablo. Eres tú quien tocó el árbol de Satanás y quien fue la primera en violar la ley Divina”. El judaísmo también la reduce prácticamente a nada, al recalcar el carácter demoníaco de las féminas y su menstruación es una cosa inmunda.

            Retornando a José Ortega y Gasset, argumenta: “Si los pájaros tuviesen el mínimo de personalidad necesario para respondernos, nos enamoraríamos de los pájaros y no de la mujer.” Así mismo las define como “criaturas que tienen la cabeza llena siempre de danza y caprichos y trapos.” Es decir, todos estos pensamientos del filósofo español, erradican su poder de razonar y dejan esta virtud únicamente al varón, quien, por ser inteligente, es incapaz de enamorarse del sexo opuesto cuando piensa, cuando es racional, porque “una mujer cuando razona, huele a hombre.” Afirma.

            Nuevamente Hesíodo señala que ella es un mal necesario para que procree nuestros hijos y cuiden a su esposo en la vejez; y San Pablo otorga el camino de la salvación a la mujer, si se digna a seguirlo mediante la maternidad y un comportamiento adecuado.

            En el caso de la prostitución, fue aceptada y divinizada en la antigüedad, hasta creerla un sacerdocio; pero esa idea altruista declinó cuando cerraron los templos y la practicante pasó a ser una persona (u objeto) sin valor, profundamente miserable. Sin embargo, el mismo Jesús la absuelve con la famosa frase: “Vete mujer y no peques más”, salvándola de morir apedreada. Friedrich Engels, el propulsor del socialismo científico junto a Karl Marx, termina de sepultar a la mujer al decir que las que practican la prostitución se degradan hasta el peor estadio; pero el hombre que compra su pasión, solamente envilece. Aún así, la culpa recae absoluta sobre la hembra, quien sigue corrompiendo al macho.

            San Pablo vuelve a “regalarles” la salvación celestial con este argumento: “Dios permitirá que se salven, si son suficientemente modestas, virtuosas y santas; y siempre que tengan hijos.” Tienen que estar sujetas al hombre y guardar silencio en su presencia. Tal era la orden del cristianismo en sus primeros siglos, muy parecido, por añadidura, al Islam, donde la mujer debe caminar envuelta en una túnica blanca o negra (el chador), con la cara cubierta, mirar a través de una especie de rejilla y llevar siempre la cabeza baja. Eso ocurre actualmente en las naciones africanas que profesan la fe musulmana y en otras del Medio Oriente. No en vano El Corán cita que los hombres son superiores a las mujeres y en la Sura 4:38 (o capítulo del Libro Sagrado), recomienda que el marido azote a su compañera si le es desobediente.

            En el caso de los griegos antiguos, las mujeres no tenían derecho a la educación, mucho menos salir de sus habitaciones y eran constantemente vigiladas por sus esclavas y su único papel era engendrar hijos y cuidar la casa de su esposo.

            Aunque Yadira Calvo no toque este ejemplo (quizás se le escapó a pesar de ser un canto de segregación del hombre contra la mujer), es oportuno recordar aquí la obra La Odisea, que está llena de mensajes subliminales que denigran a las féminas. Odiseo, cita Homero, se perdió en el mar durante 20 años, mientras su esposa Penélope lo esperó siempre fiel, rechazando a los pretendientes, quienes le ofrecían todas las riquezas imaginables y ella mantuvo siempre una postura digna ante la esperanza de que su compañero regresara algún día. Mientras tanto, Odiseo tuvo relaciones íntimas con la diosa Circe, a quien le dio un hijo; con Calipso, a quien le dio otro hijo; mató, bebió, engañó y blasfemó contra los dioses. Es decir, hizo todo aquello que no era permisible –que aún en estos tiempos tampoco se permite-, y Homero lo consideró la figura más grande de su obra; mientras la piadosa y pulcra Penélope quedó relegada a un alejado plano, detrás de su esposo. Este es un retrato real de lo que era el mundo griego, lleno de héroes masculinos y ninguna heroína por ningún lado que se mire.

            Con el paso de la lectura de este libro, nos encontramos con algunos pasajes de La Odisea donde se pone como ejemplo a Penélope y a su hijo Telémaco, quien le exige a su madre que se dedique sólo a las tareas del hogar; y se lo estaba diciendo –que es una falta grave-, a una mujer que además era Reina de Itaca. También se cita el encuentro del mismo Telémaco con Helena, la que fue raptada por Páris y por cuyo secuestro comenzó la guerra entre Grecia y Troya. Cuando Helena llega al aposento, ricamente ataviada, los sirvientes le llevan sus implementos de costura; es decir, ella no podía inmiscuirse en los asuntos de Estado y mucho menos, salirse de su papel de mujer hogareña. Las cosas serias de Atenas le correspondían a su poderoso esposo Menéalo, un rasgo más del papel de las damas en la antigüedad clásica.

            Regresando a Friedrich Engels, y poniendo en uso la particular dialéctica de los marxistas, escribió que “el hombre en la familia es el burgués (o el aristócrata), y la mujer es el proletariado (la clase baja obrera y empobrecida).” Pero no lo dice en forma quejosa, sino que es únicamente una descripción de la relación mutua masculino-femenino; aunque, de hecho, sabemos que el filósofo del comunismo estaba de acuerdo en que así fuera; o sea, el varón gobernando siempre sobre el sexo opuesto. Incluso, en la obra marxista, en ningún capítulo se aboga a favor de las mujeres y desde 1917 a 1989, años de duración del bloque socialista (o comunista), dominado por la Unión Soviética, nunca hubo una mujer prominente dirigiendo a algún país. Todos eran hombres o camarillas de hombres, quienes, paulatinamente, fueron destruyendo, por ineptitud, al sistema. Tampoco los premios Nóbel soviéticos fueron mujeres, como tampoco fueron famosas científicas, artistas (de la talla de Pavlova), escritoras, cineastas… nada, ninguna… el marxismo-leninismo opacó por completo a las mujeres y sólo les permitió salir de los hogares para que fueran parte del engranaje productivo en fábricas de químicos, metalurgia o armamento. No más. El marxismo, con Engels a la cabeza, fue antifeminista y nos remitimos a la historia para afirmarlo.

            El punto clave de esta problemática, lo sintetiza así la autora: “Mientras la sociedad no se organice de tal modo que las mujeres puedan ocupar cargos remunerados en igualdad de condiciones que los hombres; mientras el cuidado de los hijos y del hogar no sea compartido a partes iguales en la pareja, prevalecerá la situación de inferioridad que hace de la mujer un ser humillado y disminuido en el seno de su misma familia.” Concluye este razonamiento.

            Yadira Calvo sigue discurriendo en su obra con un ejemplo tras otro; supone ser como “una máquina del tiempo”, que parte desde la prehistoria, pasa por la evolución de hombre, las Biblias (cristiana, el Corán y la Torá judía), la Grecia Clásica, Roma, la Revolución Francesa, la emancipación en los Estados Unidos y desemboca en Costa Rica, cuando otorga a la mujer la posibilidad de votar. Toca por encima el caso de Théorigne de Méricourt en la Revolución Francesa, quien peleó a favor de la causa popular y fue admirada por su entrega y valentía; aunque su mención es apenas superficial, ya que dejó por fuera la crueldad como fue tratada esta mujer por la acción de las mismas compañeras suyas, que no le perdonaron ni la más leve pizca de debilidad. Cita el historiador de la Revolución, Alfonso de Lamartine, que Théroigne nació cerca de Lieja, en el seno de una familia de ricos labradores; a los 17 años se enamoró de un noble joven, cuyo palacio estaba cerca de su casa. Fue seducida por él, amada y finalmente abandonada; ella se marchó de su hogar y se refugio en Inglaterra. Ahí comenzó su vida libertina entre los burdeles en la más sórdida prostitución, oficio que continuó a su regreso a París. Enredada en la Revolución, en esa terrible vorágine, encontró nuevamente al joven belga que jugó con ella y sus sentimientos; él se apresuró a pedirle perdón; pero ella lo hizo perecer en los asesinatos ocurridos en el mes de septiembre. Théroigne se mezcló en el frenesí de le Revolución y cuando trató de detener aquellos acontecimientos que habían tomado visos de extrema crueldad, las mujeres que le acompañaban, la denudaron y la azotaron en la explanada de las Tullerías. Este castigo, humillante como ningún otro, la hizo perder la razón y fue encerrada en un manicomio, hasta muy adentrada su vejez.

            Los hechos históricos apenas registran su presencia, tampoco es tomada por heroína de Francia; pero los nombres de Robespierre, Dantón, Marat, todos varones, son los que hicieron la Revolución y son recordados antes que los femeninos. María Antonieta, por ejemplo, “fue quien arrastró a su esposo, el Rey Luis XVI, a la perdición y a la muerte.” ¡Otra vez la acción vil de una mujer!

            Angela Acuña, en Costa Rica, trajo una serie de ideas que aprendió en Inglaterra, acerca de la emancipación femenina. Eso ocurrió a partir de 1912. Llegó a la conclusión de que “la liberación familiar, intelectual, civil y económica no podrían conseguirse fácilmente sin haber obtenido la política.” Comenzó sin más armas que una pluma hábil y un entusiasmo y perseverancia inigualables, porque eran tan pobre como la que más… En aquella década, desafió a todos en este país hecho por lo hombres y sólo para los hombres. Asistió al colegio, obtuvo el bachillerato y luego fue a la Universidad, a la Escuela de Derecho, donde se graduó como la primera mujer abogada de Costa Rica. Presentó varias veces solicitudes ante el Congreso, para que aprobaran el voto a las mujeres; pero fueron rechazadas en forma tajante. Ello ocurrió en 1931 y sólo hasta 1949 logró que el sufragio fuera una realidad  para las féminas costarricenses. En esta cronología de Costa Rica, se evidencia “la pereza”, la falta de voluntad de parte de los hombres de la Asamblea Legislativa, para aprobar algo tan importante que iba a cambiar las circunstancias de las mujeres, como iba a ser el sufragio. Con ese logro, el país se catapultó como una de las naciones más modernas del planeta, superando incluso a varias europeas.

            La autora, después de haber analizado la conquista del voto femenino, arremete contra una educación eminentemente machista y así lo argumenta: “La más poderosa arma para reducir a las mujeres a la vida doméstica ha sido siempre, y lo sigue siendo aún, la educación. En Costa Rica, desde que una niña aprende a leer, se le pone en contacto con literatura discriminatoria. El libro Paco y Lola, con que se iniciaba a nuestros niños en las primeras letras, enseña que mamá lava, amasa, cose, pone la mesa, tiende la ropa… y papá lee; Lolita cose con su mamá y juega a las muñecas. Y en una de las primeras lecciones aparece Paco leyendo con su papá y bajo el dibujo lka siguiente inscripción: ‘Yo no coso. Yo leo con papá. Yo leo en la sala. Yo leo, yo.’ Este material, puesto en las manos de niños entre seis y siete años, es un poderoso factor de formación de la personalidad.” Puntualizó.

            En las páginas siguientes, Yadira Calvo regresa a Fray Luis de León, quien, en pleno Renacimiento, entendió que el trabajo doméstico es una de las perfecciones de la mujer casada y se pregunta: “Si la casada no trabaja, ni se ocupa en lo que pertenece a su casa, ¿Qué otros estudios o negocios tiene en que se ocupa?” En resumen, de acuerdo a lo que hemos tratado a lo largo de este trabajo: el hombre es el creador de todo, quien puede resolverlo todo; y la mujer sólo es apta para los cuidados de la casa. No debe aspirar a más.

            Razona la escritora que el papel ambivalente de la esposa en el hogar, pesa demasiado para ella. Por un lado, tiene que atraer sexualmente a su compañero; y por el otro, tiene que ofrecer a sus hijos un semblante maternal y de bondad. Aquí, el equilibrio tiene que mantenerse a toda costa; de lo contrario, le fallaría a uno y a los otros.

            Los medios de comunicación también ayudan a desvirtuar a la mujer, especialmente en los comerciales donde no se le ofrece nada constructivo o edificante desde el ángulo espiritual. Los publicistas pautan objetos de limpieza, tocador, moda, cocina, tejido; pero nunca algo práctico como sucede con los hombres. Para el 15 de agosto, Día de la Madre, en las vitrinas de las tiendas de San José colocan libros o enciclopedias que tratan temas sobre el hogar, al lado de textos de ingeniería, derecho o filosofía, que son exclusivamente “para el poder macho”.

            Las conquistas femeninas, a través del tiempo, han sido muy lentas, pausadas, con intervalos de casi dos ó tres siglos entre una y otra; pero ahí están. Al encuentro del tercer milenio, en las naciones del primer mundo y algunos subdesarrolladas como Costa Rica, las mujeres han buscado prepararse académicamente hasta alcanzar la profesionalización. Estas nuevas circunstancias la han llevado a salir del hogar, no sin ciertos agravantes y roces con sus compañeros. Yadira Calvo, parafraseando a Francine Dumas, cita que las mujeres han empezado a cargar sobre ellas más responsabilidades al ser profesionales, precisamente porque no han suprimido al trabajo doméstico, produciéndose una acumulación agotadora que incide negativamente en su rendimiento laboral.

            La ambigüedad se centra en que, si no logra graduarse como profesional, tendrá que replegarse a su casa como cuidadora de la familia; y cuando los hijos crezcan y se marchen, ella se hará vieja sin opciones a la pensión o quizás solamente a una asignación económica por viudez, reduciéndose a la miseria. Por el contrario, el papel del hombre, desde “la noche de los tiempos”, se ha fundamentado en la fuerza, la imposición arbitraria, el poderío económico, la humillación y avasallamiento de la mujer y los hijos. En cambio, la madre es prisionera de su propio sexo, sus virtudes sorprendentemente son de “esclavo”, dice la escritora; porque sus atributos tienen que ser siempre la humillación, obediencia, silencio, timidez, abnegación, recato y modestia, que, más bien, son deformaciones del carácter “para hacer de una persona síquicamente sana un ser lisiado.” Manifestó la autora textualmente.

            La Virgen María también es analizada en su papel bíblico y como Madre de Jesús. Señala Yadira Calvo que el culto mariano creado por la Iglesia Católica, nunca ha ayudado al enaltecimiento dela mujer universal; sólo ha favorecido a estabilizar el ideal femenino como madre llena de condiciones humanas y nobles, que se queda detrás del escenario para que el varón, en este caso el Mesías, salga ante la mirada de todos y sea el gran protagonista de esta historia. Incluso el teólogo Ignacio Larrañaga, muchos años después de la publicación de este ensayo de Calvo, escribe: “En realidad, María es el prisma, el cristal que permite que la personalidad de Jesús pase en medio de él y se refracte como una luz, en múltiples colores.” Es decir, se desprenden de estas palabras del sacerdote capuchino, que la finalidad de María, su única misión en la Tierra era la de procrear a un hombre, quien verdaderamente sí tenía una misión que valía la pena. Pero ella nó.

            Incluso, en múltiples ocasiones en la misma Iglesia se le ha llamado a María “instrumento”, “instrumento de Dios”, “instrumento Divino de Dios”. Y si lo vemos bien, lo que los Evangelios dicen de ella, lo que apuntan como biografía, obedece únicamente al 0,2 por ciento. Ignacio Larrañaga, en su libro dedicado a la Virgen, llamado “El Silencio de María”, es totalmente honesto al declarar que los Evangelistas casi no se refieren a ella. El volumen de Larrañaga, entonces, se basa solamente en deducciones, interpretaciones, análisis y conclusiones subjetivas sobre ella, porque la historia y los historiadores no se complicaron en exaltar su personalidad, que, dicho sea de paso, es de primerísimo orden. Triste papel el dela mujer, decimos nosotros.

            La maternidad, en términos generales, en lugar de exaltar a la mujer en los albores del Siglo XXI, es vista como una perjudicial práctica, porque tiene que ver con la explosión demográfica, los anillos de miseria alrededor de las megaciudades, la mortalidad infantil y otros problemas más. Por lo tanto, la gestora de los nacimientos queda nuevamente reducida en su papel maternal y se le considera indirectamente como causante de todo este acabose. En lo que atañe a frenar esa gran cantidad de niños que pueblan el mundo, se ve como única alternativa el aborto; pero, “siempre que una mujer se procura el aborto, va arrastrada a él; es un padecimiento que toca a lo físico y a lo moral, en el que, por las condiciones secretas en que se realiza, compromete su vida misma.” Escribió Yadira Calvo en torno a este asunto.

            Lo anterior no quiere decir que la autora se oponga tajantemente a la maternidad; y de ser así, echaría por tierra toda la valiosa argumentación que ha ofrecido en este libro. Más bien la defiende, pero de manera altruista y señala que ser madre debería ser una elección consciente, un acto de libertad humana y no una fatalidad animal que es inevitable. Ser madre debería ser realización personal y nunca frustración; debería serlo por amor y no por accidente u obligación, “sólo así se puede ser persona humana íntegra y no ese ser mutilado de pies, manos y cerebro, producto de una deformación cultural, del que han querido hacer los varones el ideal femenino.” Puntualiza la escritora.

            ¿Y qué hacer con la pérdida de la virginidad? Sin duda, Yadira Calvo no pudo leer en aquel momento, la obra de Gabriel García Márquez, llamada “Crónica de una Muerte Anunciada”. No la leyó, porque se publicó mucho después de “La Mujer Víctima y Cómplice”; porque le hubiera dado suficientes elementos de denuncia con respecto a la mujer. Bayardo San Román mal trata y devuelve su esposa a su suegra la misma noche de bodas, porque se dio cuenta de que ella no era virgen: La madre de ésta le propina otra golpiza por deshonrar a la familia entera; los hermanos Pablo y Pedro, deciden vengar la deshonra de su hermana Angela Vicario, buscando al culpable, lo comunican a todos, por eso se la novela se llama “Crónica de una Muerte Anunciada”, porque toda la gente del pueblo sabía que iba a ocurrir el asesinato de Santiago Nasar, quien supuestamente le había quitado la virginidad a la joven. El homicidio se concreta, el esposo abandona a Angela, quien quedó “manchada” para siempre. ¿Acaso existe otra prueba literaria del machismo, como en este caso? Yadira Calvo, por aparte, menciona que la virginidad es algo así como el sello de fábrica que da confianza en el producto. Es la exigencia máxima de virtud en la mujer; y de no ser virgen, simplemente la persona era reducida a nada, cero valor, era indigna de todo lo posterior, que buenamente podría ansiar. En Costa Rica esa creencia y práctica, con la llegada del año 2000, parece haber quedado atrás, ya no importa tanto el hecho de ser o no ser dueña de la castidad.

            Pero en el Siglo de Oro español, la honra del señor de la casa, descansaba en la honra de su esposa e hijas; es decir, un hidalgo no veía caer su digna posición o renombre, en el tanto sus mujeres se mantuvieran puras. El, como hombre, podría incluso matar a otro y no ocurría nada con su prestigio. Además, la mujer no podía aprender nada relacionado con el sexo, por sí misma, y que atentara contra su inocencia; tenía que aprenderlo todo durante la primera noche después de la boda y, en la mayoría de los casos, resultaba traumático para ella, por culpa de la ignorancia. “Era una auténtica violación”, asegura la escritora y se remite a la escritora francesa George Sand –quien se puso seudónimo masculino para ser aceptada por la sociedad de su época-, cuando dijo: “nos educan como santas y nos entregan como yeguas.” Una vez en brazos de sus esposos, según la ética torcida de aquellos grupos sociales, las mujeres no debían mostrar placer porque era indecente. Está por demás decir que fueron muchas las mujeres lapidadas, apedreadas y asesinadas por su marido o con consentimiento de él, por haberle sido infiel. Varias veces una presunción de infidelidad, una leve sospecha y pagaron con sus vidas. La sociedad aplaudía aquel acto salvaje e irracional.

            La ley judía ordenaba que si una mujer era descubierta sin ser virgen, “debería ser sacada a la puerta de la casa de su padre, y los hombres de su ciudad la apedrearían hasta que muriera.” Jesús, como hemos reseñado atrás, salvó a una de ellas.

            “La Mujer Víctima y Cómplice” es una obra literaria profundamente bien fundamentada, con argumentos irrebatibles, aún por los hombres dueños de un machismo recalcitrante, que descubre los equívocos en los que cayeron grandes personajes de las letras y la filosofía del mundo, como Miguel de Cervantes, José Ortega y Gasset, San Pablo y otros más, cuyos escritos quedaron indelebles en el concierto de la literatura. Con el pasar del tiempo, cuando acabe el mal juicio y torcedura del pensamiento de los antifeministas, sólo así podrán aceptar tales argumentos. Por supuesto que esta obra de Yadira Calvo se ha ido quedando atrás, porque la sociedad costarricense principalmente, ha ido cediendo a favor de las féminas, mucho más rápido de lo imaginado. Sin embargo, las soluciones que la autora da, podrán valer por siempre, mismas que repasaremos en la conclusión de este trabajo.

            Finalmente, cualquier mujer que tenga dudas sobre su maltrato en la sociedad, podrá despejarlas después de leer este libro y si insistiera en permanecer en su incómoda posición, caería en la peor enajenación y ceguera mental y espiritual,

           

 

Conclusión

            Dichosamente, el correr de los años al encuentro con el tercer milenio, ha superado a esta obra de Yadira Calvo; pero la historia sigue ahí, inalterable; los países africanos y árabes, sumidos en la ignorancia y el prejuicio, siguen alienando a las mujeres y reduciéndolas a nada, como hemos dicho a lo largo de este trabajo. El último mal ejemplo de esto sucedió en Nigeria, el 22 de marzo del 2002, cuando los jueces musulmanes encontraron culpable a Amina Lawal, una mujer negra, de 33 años, por haber tenido una hija después de su divorcio. La sentencia fue morir a pedradas.

            Sólo después de una enorme presión internacional, y la labor de su abogado Aliyu Musa Yawuri, pagado por una organización mundial, se pudo cambiar el veredicto por el igualmente deprimente de arresto domiciliario. La alegría de las mujeres en todo el orbe, fue grande, sin precedentes. Su segunda abogada, Hauwa Ibrahim, manifestó: “es una victoria para la ley, una victoria para la justicia. Hoy celebramos la victoria de la ley sobre el reinado del hombre.”

            Mientras eso pasaba en Nigeria, en Irán y Pakistán, tres mujeres esperaban una revisión de sus condenas por el mismo acto y evitar así la lapidación. Después del 2003, no se sabe qué sucedió con ellas. ¿Tiene o nó razón Yadira Calvo con su libro? Por supuesto que sí. Las leyes islámicas de esos tres países, no contemplan el mismo castigo para los hombres.

            Pero la pregunta de fondo para la escritora es: ¿Qué propuestas tiene ella dirigidas al comportamiento femenino, para que no las humillen como se ha hecho toda la vida? Sus respuestas textuales son estas: “Mientras no se altere la imagen femenina fundamentalmente plana, sin dimensiones, que ha creado la civilización y cultivado secularmente la sociedad, en la cual la mujer misma se ha vuelto cómplice, no se puede aspirar a ningún tipo de liberación, porque ésta no consiste en anotar en un código que las personas son iguales, sino en un cambio de actitud ante el destino personal, el cual no puede esperar que venga de los varones, porque tendrá que originarse en las mujeres mismas. Es el oprimido el que está obligado a luchar por su liberación, puesto que nadie cede de buen grado sus privilegios.”

            Otra respuesta suya fue: “Está claro que un cambio de este tipo será muy difícil de conseguir en un matrimonio que ya se ha establecido sobre la base del condicionamiento tradicional, pero ser consciente de un problema es haber comenzado a resolverlo. Y puesto que la vieja actitud masoquista de las mujeres no es buena para nadie, lo primero que habrá que hacer es dejar de contribuir a mantener la imagen del dolor, el sacrificio y el heroísmo anónimo, y acabar con la máxima aquella de que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer, porque lo mejor ha de ser que no esté detrás, sino a la par, y que no renuncie, en todo caso, a la posibilidad de esta delante, implicada en la lógica de la competencia.

             “Si se persiste en la conformidad con la modestia, la humildad y la subordinación, no perderán vigencia los males que provienen de la hostilidad entre los sexos. La única manera de obtener grandes logros es poseyendo grandes ambiciones.” Puntualiza.

            En el mundo del devenir, de los años 70 hasta hoy, son más las Primeras Ministras, como Benazir Butto, en Pakistán; Indira Gandhi, en la India; Margareth Thatcher, en Inglaterra; Angela Merckell, en Alemania; son más las diputadas y ministras, especialmente en Costa Rica; aunque las Primeras Damas de la República en nuestro país, han sido relegadas a cumplir funciones benéficas nada más; y en los dos últimos gobiernos (de Abel Pacheco y Oscar Arias), no ha habido siquiera Primera Dama: una anulada conscientemente por su marido y la otra, por el divorcio del gobernante y sin reemplazo. Todavía hay mucho por hacer a favor de ellas. Baste decir que todo el proceso educativo nacional, descansa sobre las espaldas de las maestras y profesoras; aún así, el sistema machista costarricense no les reconoce su excelsa y gran labor.

            Para concluir, Yadira Calvo aconseja: “La solución debe venir de las mujeres mismas. Nadie renuncia por gusto propio a las prerrogativas. Creo que en el momento en que la mujer se convenza, como Sor Juana, de que su inteligencia viene del mismo solar, y exija su lugar en el mundo, el que haya elegido personalmente con independencia del que le quiera asignar la sociedad, entonces, y sólo entonces, podrá considerar que está entrando en la vida por la puerta principal.”

                

           

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